Imagina esto: un candidato se presenta a una entrevista y, en lugar de decirte que tiene un MBA en Stanford, te dice que fue top 500 en Clash Royale durante cuatro temporadas seguidas. ¿Y si te dijera que eso, en muchos casos, podría decirte más sobre su capacidad para resolver problemas complejos, adaptarse a entornos cambiantes y trabajar bajo presión que muchos títulos formales?

Sí, suena raro. Pero cada vez menos.

En los últimos años, un montón de estudios empezaron a mirar en serio el cerebro de los jugadores de estrategia. Y no me refiero solo a los clásicos como Starcraft o Age of Empires, sino también a juegos modernos y más «casuales» como Clash Royale o incluso League of Legends. Lo que encontraron es bastante contundente: estos jugadores no solo son rápidos con los dedos, también lo son con la cabeza.

Tienen una memoria operativa que aguanta varios hilos a la vez (como si fueran RAM humana), una capacidad para cambiar de foco sin perderse, y una agilidad mental que ya querrían algunos traders. Y ojo, no lo digo por impresionar. Lo dicen estudios de universidades serias que miden, con tests cognitivos reales, cuánto pueden sostener la atención, cuánto toleran la frustración y qué tan bien se comunican en situaciones de alta presión.

Habilidades de los gamers

¿Sabes qué pasa cuando miras de cerca cómo juega una persona que realmente domina los juegos de estrategia? No solo ves reflejos rápidos o manos ágiles. Ves una mente funcionando a toda velocidad. Y no de cualquier manera: lo hace con una precisión y una capacidad de adaptación que sorprenden.

Para empezar, su cabeza es un radar constante. Los mejores jugadores tienen una memoria espacial impresionante: pueden visualizar dónde están todas las unidades, anticipar rutas, calcular distancias y saber, sin pensarlo demasiado, qué va a pasar unos segundos más tarde. Es como tener un mapa mental que se actualiza en tiempo real. Esa capacidad —que los estudios llaman cognición visuoespacial— les permite adelantarse al rival sin ni siquiera haber movido ficha.

Y no es que estén solo en eso. A la vez, están colocando tropas, gestionando recursos, revisando el minimapa… todo a la vez, sin perder el norte. Cambian de una tarea a otra sin ese “atasco mental” que muchos sufrimos cuando intentamos hacer multitarea. Esta habilidad para cambiar de contexto sin desorientarse es clave, por ejemplo, en profesiones donde hay que tomar decisiones rápidas sin margen de error.

Lo más alucinante, en mi opinión, es cómo procesan tanta información sin que se les bloquee la cabeza. Mantienen activas muchas variables a la vez: cuántos segundos faltan para que reaparezca una carta, qué patrón repite el rival, qué combo de habilidades está por venir… Su memoria operativa trabaja como una central de control, siempre encendida y sin desfallecer.

Y claro, con todo eso encima, no hay lugar para los nervios. Por eso desarrollan una regulación emocional bastante envidiable. Cuando algo sale mal —una jugada fallida, un error grosero, una derrota injusta— no se hunden. Saben parar, respirar, y seguir. Lo que en el mundo gamer se llama “no tiltearse”, en el laboral sería “mantener la cabeza fría y seguir con el plan”.

A eso hay que sumarle lo que algunos psicólogos llaman fortaleza mental. No es solo aguantar una partida complicada, sino rendir al mismo nivel durante toda una temporada, un torneo largo, o cuando el cansancio aprieta. Muchos de estos jugadores entrenan horas cada día y mantienen la concentración como si fuera la final de un mundial. Eso no lo hace cualquiera.

Y ya que hablamos de presión, saben gestionar el estrés como auténticos profesionales. Reconocen cuándo les empieza a temblar el pulso, cuándo la ansiedad sube, y aplican técnicas reales: respiración, mantras internos, pequeños rituales para centrarse. Cosas que también se usan en psicología deportiva y que pueden marcar la diferencia en un momento decisivo.

Ahora, si el juego es por equipos, la comunicación también entra en juego. Y no es charlar por charlar. Hablan poco, claro y con eficacia. Cada palabra cuenta. Se aseguran de que todos están en la misma página y no pisan al compañero con instrucciones innecesarias. Esto mejora la sincronía y evita errores de timing que, como en cualquier equipo de trabajo, pueden costar muy caro.

¿Y qué hacen cuando termina la partida? Revisan todo. Analizan datos. Ven repeticiones. Buscan entender qué falló, qué funcionó, y qué podrían cambiar la próxima vez. Literalmente aplican el método científico a su forma de jugar. Iteran. Mejoran. Se autoevalúan con brutal honestidad.

Pero no es solo mente. Los más comprometidos cuidan también su cuerpo. Se estiran, hacen cardio, corrigen su postura, ajustan su silla y su pantalla para que el cuerpo no se convierta en un obstáculo. Porque saben que un músculo tenso o unos ojos fatigados pueden retrasar sus reflejos. Y en estos juegos, un segundo es la diferencia entre ganar o perder.

Y por último, pero no menos importante: la disciplina. Porque sí, hay talento, pero sobre todo hay método. Entrenan con horarios, se ponen metas, repiten secuencias específicas para mejorar un movimiento concreto. Como un pianista que repite una escala. La práctica deliberada es lo que convierte a un jugador en alguien extraordinario.

Ahora, piensa esto: si esas habilidades son tan valiosas (que lo son), ¿por qué no estamos viendo un desfile de headhunters conectados a las líderboards de estos juegos?

Bueno… ahí está el problema. Hay una desconexión enorme entre los datos que están en las plataformas de gaming y lo que manejan los sistemas de reclutamiento tradicionales. Mientras nosotros podemos ver con lujo de detalle cuándo y cómo alguien usa su elixir en Clash Royale, la base de datos de Recursos Humanos solo sabe si tiene un PDF bien diseñado. Hay empresas que están empezando a unir esos mundos, pero son pocas. Y las que lo hacen, muchas veces se quedan dentro del propio universo de los e-sports: becas, analistas de datos de gaming, coaches, etc.

En mi opinión, estamos perdiendo una oportunidad enorme.

Te doy un ejemplo tonto pero real: un compañero mío trabaja en logística y gestiona rutas en tiempo real para que los camiones lleguen a tiempo sin desperdiciar combustible. Lo que hace —evaluar variables, anticiparse a problemas, optimizar recursos bajo presión— no es tan distinto a lo que hacía cuando lideraba partidas en Clash of Clans. Pero nadie le preguntó por eso en la entrevista.

Y no es solo una cuestión de reconocimiento. Es también de herramientas. Muchos sistemas de reclutamiento actuales (los famosos ATS) no están preparados para leer datos de rendimiento in-game. No es que no se pueda, es que nadie se tomó el trabajo de integrar eso. Hay APIs, hay datos estructurados, hay incluso iniciativas para crear «pasaportes gamer» que puedas compartir como parte de tu perfil profesional. Pero falta el puente.

Lo que está en juego, en realidad, es un cambio de paradigma: pasar de evaluar personas por lo que dicen haber hecho en papel, a mirar lo que efectivamente hacen en contextos que los desafían.

¿Quieres alguien que maneje bien la presión? Fijate cómo reacciona en un torneo online con 50.000 personas mirando. ¿Quieres a alguien con pensamiento flexible? Observa cómo cambia de estrategia cuando su rival empieza a mostrar cartas inesperadas. ¿Buscas a alguien que se adapte a nuevas reglas? Ahí está ese jugador que cada semana cambia de mazo y sigue subiendo copas.

Claro, esto no significa que todos los gamers sean candidatos ideales ni que jugar bien sea suficiente. Pero si aprendimos algo del mundo digital es que las habilidades pueden desarrollarse en contextos no tradicionales. Y que muchas veces, esos contextos (como los juegos) son más desafiantes y realistas que cualquier simulador de empresa.

En definitiva, tal vez ya sea hora de que Recursos Humanos baje del Excel y se meta un rato en el ladder.

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Referencias

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